Silvia Dopacio
Cuentos

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BAR EL TROPEZON (1)
Bar El Tropezón, de los hermanos Ramón y Julián López, decía el cartel destartalado. Entonces, entré. Sentí una sensación familiar, era el olor a Fernet.
Recordé a mi abuelo y su Bar Unión. Cuando era un nene que aún usaba sandalias por zapatos, me metía en el bar, allí se juntaban bohemios y poetas, vecinos, en su mayoría como mi abuelo, inmigrantes. Me encantaban los domingos cuando me sentaba junto a los clientes y los miraba jugar dominó.
En platitos blancos y pequeños los maníes, en otro los pedazos de queso con cantimpalo y la espuma del Fernet, dorada, siempre asocié su espuma al yodo en la playa, esa línea marrón dorada en la playa...ahora todo parece un sueño. El Fernet...el mozo lo estaba sirviendo con soda al gordito frente al mostrador. Ese gordito estaba siempre.
Busqué la primera mesa que diera a la calle. Me senté. –Un cortado, por favor.
Se estaba poniendo nublado y la vereda, con baldosas flojas, rotas y sucias, parecían un espejo de mi mal humor.
No podía sacarme de la cabeza la imagen de ella, tan porteña, linda, loca, soberbia y poética.
La extraño tanto! Sueño con ella, de día, de noche, por la tarde al salir del laburo, cuando regreso al departamento y me asomo por el ventanal y miro al río. El agua es turbia y pesada, casi negra, maloliente, pero guarda cierta y misteriosa belleza. Todo me la recuerda.
Entorno los ojos despacio, -el olor del café me pone medio tristón-, siento que está en mí, tan profundamente, que el calor de una abrazo imaginario me obliga a recomponerme y esperar que nadie me esté observando.
Es tan difícil estar lejos.
Prendo un pucho. Miro pasar el humo y pienso cuándo volveré a verla. Me prometí, al dejarla, no pensar más. Hacer de cuenta que mi vida sigue igual sin ella. No se puede encontrar la paz evadiendo la realidad. Empezar de nuevo, pero, cómo se comienza de nuevo? Sin darme cuenta un tango se hace escuchar. Y me pongo peor.
En El Tropezón se escucha siempre buenos tangos y es el único bar que vende sandwiches de miga.
Ya no lo puedo aguantar. Cada vez que estoy lejos, la recuerdo y hago pucheritos como un opa. Un tipo grande! y no puedo sostener la emoción al oir el tango. Mi tango. Ese tango que es mío y para mí y a la vez de todos y para nosotros solos, los que ya sabemos lo que es vivir y sufrir en Buenos Aires. Es tan difícil de explicar. Yo no tuve la culpa, ella tampoco. Fueron unos cretinos los que nos separaron, quizás nunca más la vuelva a ver. Y ahora a mi corazón le falta el alma.
Si no fuera por esos tipos jamás la hubiera dejado, ni soñarlo!
Pero acá estoy, y estoy mejor, tengo trabajo, es más, por primera vez en mi vida me pagan por escribir. Tengo el Bar a unas dos cuadras del departamento y a doce del laburo. Salgo en las revistas especializadas, tengo una muy buena crítica y ya hay algunas personas que me reconocen y me saludan con respeto. Es triste pero acá parece haber más oportunidades, pero el precio es tan alto.
Buenos Aires es mi casa, mi lugar, mi patio, mi cuadra, mis vecinos, mis amigos, los tacheros, el bondi, el subte y las corridas por el centro. Y el tango, ese que es mi guía, mi alegría, mi tristeza y mi esperanza. Porque para mí Buenos Aires es el Tango, no hay vuelta que darle. Y ellos me dejaron sin ella. Sin mi ciudad, sin el alma de mi corazón.
Ahora, inmigrante como fue mi abuelo, solo, recordando, y apoyando a los argentinos que por suerte se avivaron y pusieron, tan lejos de casa, bares como éstos, dónde nos sentimos un poquito en nuestro hogar. Es tan difícil estar lejos. Sueño con volver a verla y recorrerla mirando los edificios de Avda. de Mayo, las plazas, las palomas, los pibes gritando a la salida de una cancha, la vieja con la bolsa de Coto, el milonguero vestido con camisa negra y pantalón de vestir mirando embobado esa fiesta de piernas en la pista, las chicas con los aritos en los labios a la salida del colegio, fumando y con las uñas pintadas de negro.
París, un 24 de Marzo.
Autora: Silvia Dopacio. 1998
Quisiera pedirte perdón pero jamás lo he hecho, siempre salto sin permiso el mostrador ajeno y me condenan por eso. Es cierto, no sé porque escribo estas cosas, quizás porque todos estamos un poco solos y la ciudad perdió los lenguajes y el idioma se nos escapó desde hace tiempo. Prometo firmemente desde este solemne momento no dale importancia al roce de dos bocas, al calor de otra persona, a una mirada clara como un río, al amanecer de palomas y de vino. Prometo en serio, no volver a dejarme llevar por el impulso sonoro de un piano, nada de flautas, ni bajos, ni bandoneones, ni voces, ni risas, ni vasos, ni pasos, ni brazos. Solo haré el culto a ese pozo oscuro que se aparece frente a mi cuando la ciudad despierta y espero el colectivo.
Aunque pensándolo bien, no tengo dueño, por tanto, no tengo a quién hacer promesas.
Es más, a nadie le importan mis promesas.Solo Buenos Aires me posesa, me sugestiona, me somete.
Ahora Si, prometo a Buenos Aires, ser igual a sus luces y a sus calles, metamorfosearme y derrotarme.
Mi cuerpo es un campo de batalla, un campo de inocencia propicio para la exploración. Explora el barro de mis poros con un solo dedo, tan lento como una plegaria. Desde la orilla miserable de mis pies de calle, un dedo en suave movimiento abriéndome heridas. Mis rodillas, mis muslos, cayendo hacia la boca de túnel, quedándose, un dedo dando vueltas haciendo renacer la punta de ciruela. Sube, sube por la senda, hasta la barricada de mi ombligo. Un dedo, lengua, en una humedad de sangre hasta mi pecho.
Provoca la quietud de estas dos lunas. La guerra está ganada, caigo en círculos hasta el centro de tu boca, húmeda entrega, labio, lengua, dedo, geografía completa.
Mejor me tomo un taxi.
Una tibieza acecha desde mi cuello al borde de esta boca de sal, acerco la copa, ofrezco beber hasta calmar la sed, un balanceo, un sencillo balanceo de hojas, en sonido de viento, de sombras, nos invita a entrar. Y entrás en mi, lengua sobre lengua, una cuerda se tensa y amanece.
Estoy parada aún aquí sobre tu calle.
Y el sueño parece vencerte pero algo va a pasar. Entonces, en el nombre de la noche, te quedás en silencio a esperar mi abrazo. Y te abrazo, al fin, para jugar, y nuestras piernas lúdicas como niños, juegan y reímos.
Y nuestra risa nos hace cómplice del vino. Hay algo familiar en todo esto, un cuerpo primo, un cuerpo hermano, un cuerpo mío. Y seguimos bailando por la calle, en medio de un teatro sin espectáculo, en medio del teatro sugestivo del piano, reímos, reímos hasta el borde de un beso y es lindo ser niños aunque escapamos.
Llego por fin a casa y de un portazo me veo en el espejo del hall.
Maldito y enrarizado pubis que gobierna, me parto en pedazos, en fragmentos de veredas, me convierto en esta calle promiscua y me emborracha el sabor de tu lengua. Me invade la pena, me rebalsa la tristeza y siempre es la ausencia la que queda en pie y no resisto imaginarme tierna, la debilidad me toma de las piernas, me viola los oídos, me perfora las tetas, hasta quedar en medio del living como si fuera Corrientes envidiando a esa muerte, esa pasajera.
Juro que me voy a incendiar, no soporto este limbo suspendido, esta envejecida quietud, este cuchillo que se mete entre mis piernas para partirme en dos.
Amanece y me voy a dar un baño a ver si se me pasa.
Y escucho los gritos desde la ventana. Orate, loca, piantada, pirada, ave, reventada, perdida, deseada, sabe, cuestionada, perseguida, juzgada, reza, condenada, estúpida, salvaje, calla, primate, usada, rompelabio, rompecalles, zapatos gastados, días de lluvia, pactos, partos y el sol entre las manos.
Me despabilo.
Y te veo tocando el bandoneón en mi mente. Envidio a ese instrumento que se apoya en tus muslos y transmite la electricidad de aire en el viento. Una gruesa nota que lastima, las yemas de los dedos pero me alcanza, llega a mi, y mi cintura se sacude hasta vibrar las uñas y las uñas son ventanas por donde escapa la luz y la luz está en tu pelo, en tu cabeza sagrada.
Bandoneón.En ese instrumento oscuro sello mis labios y te separo las piernas para que yo te mire sobre este plato que es el mundo.
Autora: Silvia Dopacio. 1997
Capítulo I. Lunes
Ingredientes:
Un pollo hervido de dos kilos.
Ajo y perejil
Papas hervidas cortadas
Algas marinas –posible hervor-
Papas fritas rejillas, cantidad necesaria.
Manera de hacerse:
Freir las papas cortadas rejillas y ponerlas en un pote o recipiente amplio. Será la “canasta” del pollo que se freirá después de hervirlo.
El ajo y perejil condimentará y dará sabor picante.
Se acompaña con papas hervidas con salsa de algas marinas.
Es de noche. Es la única noche en que estoy sola y puedo recibirte.
La comida china me pareció excelente, por lo primitivo y ascentral de nuestra relación.
Un condimento picante en nuestro Karma.
Faltan exactamente 40 minutos para que llegues, puntual como el primer día, deseante como la primera vez, para desnucarme con tu macromambo chino.
Ingredientes:
Zapallo y zanahorias hervidas en Juliana.
Caldo de pescado
Riñoncitos asados al ajillo.
Realización:
Martes: no te cases ni te embarques, se toma el consomé de verduras amarillas para alivianar la pena de que haya amanecido tan pronto.
El caldo de pescado se acompaña con los riñoncitos al ajillo.
Almorzaría corazón pero ya no tengo. Ladrón con alas, pez de un mar imposible, inaprensible y azul.
El caldo de pescado está enfriándose y los riñoncitos al ajillo se quedan en el plato hasta escuchar el timbre del teléfono que me recomponga las ganas de seguir.
El calor de la tarde ahora la espera. Suena el timbre. Levanto el tubo.
Una voz del otro lado del teléfono confirma que el menor menú es la comida china en horas de la noche.
Ingredientes:
Ciruelas frescas
Jugo de naranjas con base de soja
Galletas de salvado
Queso blanco descremado
Dos tazas de café abundante y fuerte
Modo de hacerse:
En bandeja con servidor rojo, centrar un violetero con dos rosas azules. El café recién molido y fuerte embriagará las ciruelas frescas.
Dos galletas de salvado con queso blanco bastarán. Mañana inapetente. Mañana luminosa para saciar la sed.
Son las 9.45 am, el sol se va insinuando entre las piernas. Un viso color durazno y un pantalón negro en el borde de la cama.
Casi mitad de semana para que sea infinita en un par de horas nada mas.
La tarde me encontrará muy activa y la noche me sorprenderá satisfecha. La luna, panza arriba, sonreirá en secreto porque ella también prefiere no desayunar.
Ingredientes:
Brócoli con roquefort
Huevos revueltos
Escalopes a la salsa roja
Vino tinto, cantidad adecuada a la situación –dos botellas mínimo-
Manera de deshacerse:
Se cierra los ojos apenas uno se levanta, se lamenta por estar lejos de la luz, se propone no deprimirse y espera cenar con dos botellas de vino tinto seco porque uno se deprimirá igual.
Se llena la casa desde el mediodía con olor a brócoli, se prueba gran cantidad de roquefort para que el estómago nos recuerde que estamos vivos.
Los escalopes se queman en el aceite y se queda uno sin harina para continuar.
El teléfono no sonará, ni la luna va a salir y la tarde estará nublada y la cama prolijamente estirada.
Esperar es una pequeña manera de morir. Chiquitito e insignificante jueves maldito.
Ingredientes:
Papas fritas para copetín
Chizitos y palitos salados
Medio cajón de cervezas heladas
Peras al ron
Canapés
Champagne rosado
Una frutilla roja y grandísima
Manera de hacerse:
Se pone el copetín en diferentes platitos individuales, los chops previamente enfriados con agua helada esperan en el centro de la mesa. El bullicio se lleva el silencio de tu ausencia. Te busco entre los invitados. Te encuentro. Llega la noche.
Se retiran los platitos, los vasos con corona de espuma. Se deja todo en la cocina para el día siguiente.
Se sirve en la mesa dos copas con peras al ron. Se escucha el corcho saltar como loco de contento.
Y se besa la frutilla roja entre cuatro labios mudos de palabras y habitados y húmedos y...la noche cae en el centro del salón –desprolijo-
Queda en el borde de un plato una verde hojita de frutilla.
Ingredientes:
Jugo de frutas
3 manzanas crudas
una botella de vino blanco dulce
helado de chocolate y crema rusa
Manera de hacerse:
Poner las frutas frescas en licuadora, se sirve el producto en altos vasos romanos. Se acercan a la mesa de luz.
Encender el ventilador de techo y la ducha tibia.
Abrir el vino blanco con cuidado, dejar las manzanas para otra ocasión. Rememorar los buenos tiempos, sentir que el instante no va a volver a repetirse y aprovecharlo en cada movimiento.
La tarde vendrá con chocolate helado y crema rusa. Las risas invadirán los rincones de la casa. El perro dormirá en la sombra frente a la puerta de entrada.
Nos pondremos la noche en los pies, y las luces de la ciudad y sus gentes nos devolverá emborrachados de azul hasta la cama.
Ingredientes:
Mate amargo
Asado al horno
Ensalada de tomate y lechuga
Jugo de pomelo
Realización:
Pensar que el domingo es el día de la señora y pasará pesado y triste por las vías de las venas.
Tomar mate amargo a cada rato de espera.
Dejar el asado en el horno hasta que se enfríe y la ensalada condimentada marchitarse en la heladera.
Un día, al fin y al cabo, desde la comida china al hoy, solamente es la vida que arremete sin piedad –por suerte- hasta el fondo, al fin y al cabo, no es más que acelerar con todo hasta despegar los pies y los ojos de la chatura convencional.
Un día domingo, con calor, sin pudor porque la soledad se escapa por el timbre del teléfono.
Dejar en remojo la sangre y los músculos para mañana.
Autora: Silvia Dopacio. 1996
Email tango@silviadopacio.com